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miércoles, diciembre 27

Misas del Gallo de antaño


Todo quedaría abolido, en gran parte, por la férrea reforma litúrgica y de música sagrada del Motu proprio de San Pío X, en 1903.Como es sabido, la denominación de misa del gallo obedece a la tradición que señala al gallo como el primer animal que vio al Redentor, encargándose de comunicar la noticia al mundo. Su celebración data del siglo V, en tiempos del Papa Sixto V, y formaba parte de las tres que se celebraban a media noche, al alba, también llamada de pastores, y en la mañana del día de Navidad.


Catedrales de Pamplona y Tudela
La idiosincrasia de las catedrales de Pamplona y Tudela se distingue, no por las rígidas normas litúrgicas de siglos pasados, sino en ceremonias y procesiones como la del encuentro en la mañana del día de Pascua Florida. En Pamplona siempre destacó el estricto ceremonial intra muros; en Tudela, por el contrario, se hace patente la explosión del gozo en las calles y aún en el templo.
En el caso de la misa del Gallo y las funciones de aquella noche, en la capital navarra, muy en sintonía con la vigilia del día, apenas había función de especial relevancia. En una relación manuscrita, recopilada en el primer tercio del siglo XVIII, tan sólo se anota un villancico en la vigilia del día 24, aunque también conocemos el texto de largos villancicos compuestos en 1716 por el maestro de capilla Miguel Vals, conservados en la biblioteca de la Real Academia de la Historia.
En Tudela nos encontramos con mayor explosión festiva y gozosa. Los prolegómenos comenzaban con las antífonas que comenzaban por la letra «O», durante los siete días que precedían a la Navidad. En la Nochebuena, las autoridades municipales y los prelados de las órdenes religiosas, colocados en el coro, asistían al solemne canto de la calenda, entonada por un canónigo. Al finalizar, había un pequeño sermón «anunciando el misterio, poniéndose el orador en la silla alta del coro».
Los Maitines se cantaban aquel mismo día, a las nueve de la noche, «y por la solemnidad y villancicos que en ellos canta la música duran hasta las doce, a cuya hora se canta la misa por el chantre y después de ella los laudes según la rúbrica». Las funciones del día de Navidad propiamente dicho se completaban con el rezo de Prima a las seis de la mañana y la llamada misa «de pastores», Tercia a las nueve y misa conventual.


Censuras políticas y eclesiásticas
En Pamplona, para evitar posibles desmanes, en circunstancias políticas nada fáciles, el Jefe Político ordenó, en 1821, celebrar la Misa del Gallo a puerta cerrada. Prohibiciones similares se produjeron en otras localidades en el agitado siglo XIX, de modo especial en momentos de cambios políticos.
A las censuras políticas habían precedido las de algunos eclesiásticos en el siglo XVIII. El jesuita tafallés Pedro de Calatayud, famoso por sus misiones populares y su rigor, afirmaba a mediados del Siglo de las Luces que era «ofensiva al Dios de la Majestad la bulla e indecencia que tal vez se practica con cazos, sartenes y ruido» en la noche de Navidad, llegando a afirmar que pecaban mortalmente «los que en los maitines de la Natividad mezclan al tiempo de leer las lecciones sainetes, apodos, palabras y expresiones indecorosas torpes y gravemente disonantes de aquel paso y sagrado misterio, por el grave escándalo que dan en esto». Con todo ello parece referirse a ciertas expresiones del alma popular a las que se daba suelta aquella noche.


Noche de bullicio y desmanes
Los excesos en Nochebuena fueron nota común en diferentes localidades. En la capital navarra, allá por 1681, hubo grandes desmanes en la iglesia de las Clarisas de Santa Engracia, llegándose a derrumbar las puertas, con «una canal o pesebre de ovejas», con grandes gritos y lanzamiento de piedras, castañas y nueces.
En Cirauqui, en 1830, se produjo cierto alboroto durante los maitines que se cantaban antes de la Misa del Gallo, cuando ocho personas entraron en la iglesia, vestidos de pastores, con «una calderilla de abadejo guisado» y el vicario bajó del coro a despacharlos, obedeciendo todos al instante. El suceso no quedó allí, sino que por la noche dos balas se introdujeron en la habitación del vicario y del organista, por lo que se abrieron largas diligencias judiciales. Las declaraciones de varios testigos nos informan de los atuendos de aquellos rústicos: sombreros anchos, zamarras de pellejo con lana y abarcas. Respecto al guiso, unos hablan de sopas, otros de abadejo guisado y otros de ajo de arriero.
No podemos olvidar que la Nochebuena de sabor popular tenía en Tudela otra cita en el convento de Franciscanos, con una procesión con el Niño Jesús para ser colocado antes de la Misa del Gallo en el presbiterio, en el interior de una gran cueva, en la que ya estaban dispuestas las imágenes de la Virgen y San José.
Por unas diligencias judiciales de ámbito eclesiástico, sabemos que, en 1795, un grupo de hombres que se habían pasado con el vino, organizaron ciertos desmanes en el interior de la iglesia conventual, con silbatos de los que utilizaban los capadores por las calles, una vihuela y una corneta, a la vez que intentaron procesionar a algunas imágenes y soltaron unos cohetes de serpentinas por el suelo. Un testigo, llamado José Puyo, además de informar de los excesos, nos cuenta cómo ayudó al sacristán a preparar entre otros objetos la cueva para la adoración del Niño, así como los hacheros para su iluminación. Asimismo, indica que los borrachos que entraron en el templo intentaron coger las imágenes de la Virgen y de San José.


Cintruénigo, Fitero y otras localidades
En Cintruénigo las gentes vitoreaban con gritos de «¡Viva!» en respuesta a la aclamación de un sonoro «¡Viva el Niño Dios!», pronunciado con voz potente, nada más entornar el celebrante el Gloria. En 1916, el cura ecónomo don Alfonso Bozal, harto de varias interrupciones, hubo de anunciar que terminaba la misa, sin canto alguno, rezándola. Al año siguiente, el párroco, tras congratularse de la costumbre, rogó que sólo se hiciese por tres veces, aunque al siguiente la misa quedó suprimida por largo tiempo y la costumbre quedó en el olvido.
Iribarren refiere varios casos de bailes y danzas en la Nochebuena, como Tafalla, donde lo hacía un ganadero con calzón corto en los Franciscanos a comienzos del siglo XIX, mientras un fraile montañés tocaba el chistu y el tamboril. En Olite, la corporación municipal, con traje de golilla, acudía a la Misa del Gallo y, terminada ésta, de lo alto de la cúpula se hacía descender mediante una tramoya una especie de alcachofa que se abría, dejando ver al Niño Jesús en su cuna, ante cuya imagen danzaban los pastores de la localidad.
Dicastillo y Corella también contaban con sus particulares bailes en los templos en tan singular noche. En Corella, al finalizar la misa, un hombre y dos niños ataviados de pastores ejecutaban una danza pastoril con saltos y requiebros caprichosos, al compás de villancicos.
El caso de Fitero merece algunos comentarios. Hasta hace unas cuatro décadas se mantenía la costumbre de colocar al Niño Jesús en el portal en el momento del Gloria, momento en que los monaguillos, desde la sacristía, sacaban su imagen entre luminarias y la depositaban en la cuna, en una ceremonia de similares características a las de otras localidades, en que se abría el expositor y aparecía el bulto del Niño, en el mismo momento en que el sacerdote entonaba el Gloria in excelsis Deo.
La alegría se desbordaba en aquella noche. Precisamente por algunos desmanes se tuvo que suprimir, a fines del siglo XIX, una especie de representación de pastores en el interior de la iglesia. Hasta aquellas fechas los pastores del pueblo tomaban su particular cena de Nochebuena, unas migas, al parecer bien regadas con vino, ante el belén, debajo del púlpito.
Un año, en momentos de renovación litúrgica, cierto párroco los expulsó del templo y no volvieron más. Al parecer, en algún momento de la misa, declamaban unos textos que bien pudieran derivar de los famosos Officium pastorum, tan popularizados desde fines de la Edad Media.
En el ofertorio se procedía a la adoración del Niño. El oficiante se despojaba del manípulo y tomaba la imagen del Divino Infante en sus manos para darlo a besar al pueblo. A continuación, los pastores danzaban ante el recién nacido. De aquella tradición queda hoy un solo testigo musical, concretamente la costumbre de interpretar durante el ofertorio de los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, unos aires pastoriles y gallegadas, que los organistas de Fitero se han ido legando desde el segundo tercio del siglo XIX.
Ricardo Fernández Gracia Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro Universidad de Navarra
Fuente:Diario de Navarra

domingo, diciembre 24

Feliz Navidad – Feliz Natal – Joyeux Noël - Merry Christmas - Fröhliche Weihnachten - Buon Natale - Boas Festas

Hace unos días al entrar a un shopping me invadió el espíritu navideño: cada rincón estaba adornado en espera de la Navidad. Entonces conquistada por el duende de la celebración y saboreando un rico té, escribí una lista de las tradiciones y costumbres que todos ponemos en práctica en diciembre.

Pesebres o belenes: San Francisco de Asís en el siglo XIII popularizó la práctica de construir belenes en las casas, divulgando una costumbre que hasta ese momento pertenecía a la iglesia.

Villancicos: en el siglo V fueron compuestos en lenguaje popular, como una forma de hacer llegar la Buena Nueva a los campesinos que no sabían leer, los primeros villancicos cuyas letras se inspiraron en la liturgia de la Navidad. El famoso Adeste Fideles data del siglo XVII.

El Árbol de Navidad: en la mitología nórdica se creía que el mundo y todos los astros se sostenían en las ramas de un árbol llamado Igdrasil, un encino adornado con antorchas que simulaban a las estrellas, la luna y el sol al que le rendían culto cada año en el solsticio de invierno, cuando suponían que se renovaba la vida.

San Bonifacio, evangelizador de Alemania, plantó un pino símbolo del amor perenne de Dios, al que adornó con manzanas y velas dándole un simbolismo cristiano.

Los adornos: luego las manzanas se cambiaron por esferas y las velas por focos que representan la alegría y la luz que Jesucristo trajo al mundo. Las esferas simbolizan las oraciones del periodo de Adviento.

Azules: oraciones de arrepentimiento.

Plateadas: agradecimiento

Doradas: alabanza

Rojas: petición

Las diferentes figuras representan las buenas acciones y sacrificios.

La Estrella: se la coloca en la punta del árbol y recuerda a la que siguieron los Reyes Magos hasta Belén. La estrella tiene cuatro puntas que significan los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste.

Las Campanas: la campana lanza mensajes al aire y es signo de alegría, por ello los grandes acontecimientos son anunciados con su toque festivo. En la Navidad el repique de las campanas significa el mensaje del nacimiento de Jesús.

Las Velas: Las velas simbolizan el Nacimiento de la Luz del Mundo: amor, justicia, comprensión.


En torno a la Navidad se plasmaron, a través de los siglos, ciertas costumbres folklóricas para crear un ambiente festivo en las sociedades. Sin embargo, lo más importante de estas tradiciones no es sólo el aspecto exterior sino su significado interior. Conocer el por qué y para qué se practican, nos permitirá vivirlas intensamente y en familia.


Edith Pardo San Martín. Especialista Universitaria en Protocolo y Ceremonial de Estado e Internacional, postgraduada en la Universidad de Oviedo y la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.


jueves, diciembre 21

Las fiestas

Se inicia el mes de diciembre. En el lenguaje cotidiano hablamos de las próximas fiestas. Para los cristianos, los días que se avecinan tienen un sentido profundamente religioso, como lo es el Yom Kippur en el judaísmo o el Mulud para los musulmanes. En este mundo nuestro globalizado nos respetamos mutuamente. No en vano quienes profesamos una creencia u otra, sabemos que “fiesta” es un día que se celebra con mayor solemnidad que otros. Las fiestas que celebraremos son las de Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Avanzará el mes de diciembre y, con él, llegarán también para mí los recuerdos. Vienen a mi memoria las tardes calurosas, en “Los pinos”, la casa de mis abuelos. Nueve días antes del 8 de diciembre, sonaban las campanas de la iglesia invitando a la novena. Siempre había una flor para todas las niñas y los niños que asistíamos a ella. Con voces que ahora me parecerían desentonadas, avanzábamos cantando por el pasillo central, los sencillos versos de “Venid y vamos todos/ con flores a María”. Después, quedaban solamente quince días para la Navidad, el cumpleaños de Jesucristo.

Tenía yo seis años y no olvido mi primer árbol navideño. Fue una rama de casuarina, cuando la familia de las coníferas no estaba todavía en mi cabeza. La había cortado en un terreno baldío y con ella caminé por la calle, llevándola en triunfo. Mamá compró unos globos de vidrio y algunas guirnaldas en la juguetería, que aun atesoramos. Con unas pocas figuras preparamos el pesebre.
Los niños no sabíamos medir bien el tiempo. Las horas entre la cena y la medianoche nos parecían interminables y eran solamente tres. La Nochebuena de 1946 vuelve a mi memoria. La Misa del Gallo, y al regresar a casa, la celebración familiar. Nuestro abuelo tenía muy debilitada la visión pero pudo, sin embargo, comentar el brillo del arbolito. Lo veo todavía hoy bajar sólo las escaleras, elegantemente vestido, para desearnos una Feliz Navidad.

Enseguida llegó el momento de los regalos que estaban puestos al pie del arbolito. Hoy sé que simbolizan las ofrendas de unos hombres sabios y el cariño de unos sencillos pastores. Unos habían seguido una estrella y fueron a adorar a Jesús. Otros recibieron la gran noticia por boca de los ángeles, mientras cuidaban sus rebaños. Un filósofo contemporáneo explica que el ser humano sólo se realiza plenamente cuando se regala, cuando entrega a quienes tiene a su alrededor y cuando acepta los obsequios que le hacen quienes le quieren.

Un villancico expresa maravillosamente el sentido de los regalos. Se trata de un hombre que no posee nada para llevar al recién nacido Dios. Entre lágrimas, percibe el latido de su corazón. Se lo ofrece enternecido “para que le sirva de pañales”.

En el tiempo de Navidad, acostumbramos felicitar a nuestros familiares y amigos. “Muchas felicidades”, son las palabras que utilizamos y al hacerlo les deseamos un bien. Las felicitaciones pueden ser dadas por escrito o personalmente. Cuando la quietud y la paz lo invadían todo, eran frecuentes las visitas familiares, porque Navidad fue siempre y lo será, un día muy grande. Es nada menos que el del nacimiento de Cristo.

Es lindo felicitarnos y es bonito también comprobar nuestra alegría. En Japón, los cristianos festejan también la Navidad. Son pocos, en comparación con toda la población. Sin embargo, ellos se visten con las mejores ropas y se reúnen en Nochebuena. El 25 de diciembre no es feriado en el país de los cerezos.

Vendrá también el Año Nuevo. En él celebramos un comienzo, de la mano de la Virgen María. Algunas personas, con cierta nostalgia dicen, como al pasar, “año nuevo, vida nueva”. San Josemaría Escrivá le dio otro significado: “Año nuevo, lucha nueva”. Es tiempo para crecer, para esforzarnos en la comprensión, en el amor, en el respeto, para realizar la tarea de todos los días con rectitud de intención.

El 6 de enero, es el Día de Reyes. “Los tres reyes magos/vienen despacito/ a poner juguetes en los zapatitos...”, repite la ingenua canción infantil. Las niñas y los niños reciben regalos. Cuántas anécdotas se podrían contar de padres encantadores para chicos embelesados. Está, además, la rosca de Reyes. Tiene forma ovalada y representa la eternidad y el cielo. España la recibió de Francia y pasó al Nuevo Mundo. A veces lleva, en su interior, alguna imagencita del Niño Jesús. En algunos países es tradición cortarla en familia. Roscón de Reyes, Pan de Reyes, Rosca de Reyes, son los nombres que recibe en nuestro idioma.

El cancionero popular argentino posee una obra de siglos. Su letra dice: “Madre, en la puerta hay un niño/ más hermoso que el sol bello/ diciendo que tiene frío porque viene casi en cueros/ Pues dile que entre y se calentará....”. Los antiguos pusieron en el corazón el centro de toda la vida. Y es verdad. Allí puede encontrar sitio, una vez más, el que nació en Belén. Por eso celebramos “las fiestas”, las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Roberto Sebastián Cava. Especialista Universitario en Protocolo y Ceremonial de Estado e Internacional postgraduado de la Universidad de Oviedo y la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Académico de la Academia Argentina de Ceremonial